San Clemente María Hofbauer

San Clemente fue el segundo fundador de la Congregación de los Redentoristas, llamado el “Apóstol de Viena”. Nació en Tasswitz, Moravia, el 26 de diciembre de 1751; murió en Viena el 15 de marzo de 1821. Tenía seis años cuando su padre murió.

 Ante la experiencia de la muerte de su padre terrenal, Clemente aceptó el amor de su Abbá celestial. Tuvo  que trabajar para buscar el pan cotidiano para la familia. Él como, joven, tuvo el anhelo de ser sacerdote, pero la falta de dinero impidió su afán de servir a Dios por medio del ministerio sacerdotal. Él tuvo que afrontar las adversidades y sobre todo su paupérrima vida. A pesar de todo ello, la providencia de Dios, tarda pero llega. Cuenta que “un día con lluvia vio que unas señoras necesitaban una carreta para trasportarse a su casa.  Clemente se ofreció a conseguírsela, él, no sabía que estas mujeres eran ricas, y esas señoras se enteraron de las dificultades de Clemente para estudiar y le pagaron los estudios en el seminario”. Es así que, Dios siempre manda providencialmente a buenos samaritanos para buscar y encontrar a sus jornaleros al iniciar el día, al mediodía o al atardecer.

 Inspirado por los escritos de San Alfonso, Clemente viajó a Roma, donde entró en contacto con los redentoristas.  Entra al noviciado y recibe el hábito redentorista el 24 de octubre de 1784. La vida de noviciado, Clemente,  la consideró la época más feliz de su vida, donde concibió el amor a la Iglesia y a la congregación. Su alimento espiritual fue: la oración constante y su celo por la salvación del prójimo.

 En su vida en el estudiantado, Clemente fue tomando conciencia de que la filosofía y la teología que  aprendía no sólo tenían que pasar por su cabeza, sino también, por su corazón. Por eso, de su corazón brotará su fe  y caridad hacia los que menos tienen. Debía confiar en una fuerza mayor, como la gracia divina.  Por ello algún día cuando se encontraba en una pobreza extrema, golpeando el sagrario dirá: “Señor, ayúdanos, que ya es hora”.

 San Clemente, ya como sacerdote, por su espíritu misionero, será llamado “el segundo fundador de la congregación”, porque él fue quien extendió la congregación por el norte de Europa y desde allí, los redentoristas se expandirán por el mundo entero. Debido a las continuas guerras en Europa, los pueblos estaban en la miseria.  En esta situación, San Clemente fundó orfanatos para recoger y educar gratuitamente a la juventud desamparada.

 San Clemente, en estas realidades, al igual que Jesús de Nazaret, fue escupido y humillado por los hombres. Un día cuando  pasaba de tienda en tienda buscando limosna, se acercó  a un jugador de cartas en una taberna, éste lo insultó y le escupió en la cara. Clemente sacó el pañuelo, se limpió la cara y le dijo amablemente: “Caballero, esto fue un obsequio personal para mí. ¿Ahora me quiere obsequiar algo para los pobres del niño Jesús?

 Hoy, en el mundo aun podemos encontrar a mucha gente en situaciones carentes, similares a las que Clemente experimentó. Todos de alguna manera tenemos riquezas en el corazón. Quizá muchos pasan necesidades materiales, pero son ricos espiritualmente, porque tiene a Jesús. También encontramos a muchos hombres (pobres materialmente), pero que tienen valores evangélicos que nosotros hemos ido perdiendo en la actualidad, por ejemplo: sobriedad; coraje ante la inseguridad; serenidad de espíritu; solidaridad, etc.

 En el camino de seguimiento a Jesús, Hofbauer estaba entre los más pobres como uno de ellos. Su vivienda y su alimentación eran muy modestas. Su ropa era limpia pero gastada. Como pobre vivía con los pobres y lo que tenía lo compartía con ellos. Siempre de buen humor comentaba: “me he vuelto muy pobre, pero no tanto que no pueda todavía compartir algo”.

 En este tiempo de cuaresma que hemos empezado es necesario no apoyarnos en sí mismo, ni en nuestros bienes materiales, sino confiar en Dios y en su providencia. A personas así Dios les promete su bendición: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt 5,3). Como clemente debemos seguir descubriendo la voluntad de Dios en los signos de los tiempos y en los acontecimientos de la vida diaria. Lo expresaba en sus dichos: “¡adelante! Dios lo guía todo”. Hay que esperar contra toda esperanza. Lo que es imposible para el hombre es posible para Dios.

 Para terminar estas reflexiones, me despido como Clemente lo hacía al final de sus cartas. “Yo nunca me canso de rogar al Padre de Nuestro Señor Jesucristo para que os bendiga y llene vuestros corazones, con el fuego de su amor. Nuestra Madre os proteja y os lleve en sus brazos como a hijos. ”

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