Anécdota de San Gerardo contado al padre Caione

“Una vez, mientras volvía a nuestra casa de Deliceto, estando aún a algunas millas de distancia, me encontré con un joven, el cual, al verme caminando a pie, con el capote negro y el sombrero grande que traía en la cabeza, se me acercó y me dijo: ‘¿Eres por casualidad un mago?’ Yo me di cuenta inmediatamente que ese muchacho no estaba en gracia de Dios y, con autoridad, le hice creer que sí. El joven añadió: ‘¿Vas, tal vez, en búsqueda de algún tesoro? Si necesitas un ayudante, aquí estoy yo; yo quiero acompañarte’. Yo le respondí: ‘Pero, ¿eres animoso y valiente?’ ‘Ah, cómo se ve que no me conoces, me dijo. Yo he hecho esto y esto…’ y comenzó a referir todas las aventuras de su vida y cómo hacía ya seis años que no se confesaba, etc. ‘Bien, bien, le dije. Eres el que estaba buscando. Eres la persona precisa. ¡El tesoro nos está esperando!’ Y él seguía narrando sus bellaquerías.

Caminamos un poco hasta que llegamos a un bosque. Yo me metí en lo más denso del boscaje y él me seguía. ‘¡Aquí estamos, dije, éste es el lugar!’ Me quité el capoto y con un giro lo extendí por tierra, y le dije al muchacho que se pusiera en el centro. El joven, temblando, se colocó en el medio, creyendo que se le iba a aparecer quién sabe qué demonio. Lo hice arrodillar y juntar las manos. Entonces, tras encomendarme al Señor, le dije así: ‘Te prometí que te iba a hacer encontrar un tesoro y quiero cumplir con mi palabra. Te dije que quería darte un tesoro; sí, te lo quiero regalar. Pero este tesoro no es de la tierra, sino que es el tesoro de todos los tesoros y es el tesoro del paraíso. Si lo quieres ver, míralo aquí’. Y me saqué el crucifijo del pecho. ‘Este es ese tesoro que tú te has perdido desde hace muchos años, el tesoro que tú has malgastado por nada’, y seguí hablándole en ese tono, haciéndole una prédica que duró como media hora. Y Dios la bendijo de tal manera, que aquel joven comenzó a llorar y a gritar como un loco, y era tanto el arrepentimiento que no podía serenarse. Al verlo tan compungido, lo abracé y le dije: ‘Hermano mío, ven conmigo’. Y lo traje a nuestra casa, donde se confesó con uno de nuestros padres e hizo una bellísima confesión. Y al irse, se fue consolado, bendiciendo la hora en que me había encontrado” (Caione II, 67-68).

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